Ojo de buey. Bergman: La imagen que habla
miércoles, 31 de octubre de 2007

El arte, más concretamente su séptimo hijo (el cine), ha buscado anestesiar con la belleza esta determinación humana, invocando con ello una contingente eternidad disfrazada. El cine comercial ironizó ingenuamente con la posibilidad de servir de droga pueril al espectador adormilado por el sueño moderno de Peter Pan. Con el cine nunca moriremos, por lo menos durante el metraje de la película. Cine, palomitas y Coca-Cola servirán de fábrica de ilusiones efímeras que entronizan la pura imagen como ídolo opiáceo de las masas satisfechas occidentales. Bergman vivió en las antípodas del culto posmoderno a la imagen cinematográfica. Para él era casi una demanda ética desmitologizar al ser humano enfrentándole en seco con sus determinaciones. “Conócete a ti mismo”, reza el oráculo. Para ello invoca, como lo hicieron los dramaturgos griegos, al logos, la palabra sincera que nace de nosotros no para comunicarse con los otros, sino para ser salvados por ellos. En el cine esos otros son evocados a través de fantasmas pretéritos o situaciones límite que despiertan imágenes borrosas, olvidadas para engañarnos o no sufrir.
Decía Sartre que el ser humano es una ilusión imposible, y nada puede hacer por dejar de serlo. Sin este atributo esencial y existencial el arte, y con él el cine, no sería posible. Todo arte –el de Bergman de manera explícita, casi pornográfica- es metafísica, rebelión contra la contingencia de los cuerpos, que saben que aun viviendo, a cada aliento saben que ya están muertos. El cine según Bergman es una lucha trágica (perdida) contra nosotros mismos, una expresión de la incomodidad que se asienta en nuestra mente desde que nacemos.

Aquí os dejo una escena que no tiene desperdicio. Woody Allen ha firmado en su carrera escenas similares, pero nunca con el tono desgarrado de su maestro. En manos de Allen la narración se hubiera diluido bajo un tono de humor consolador. Bajo la mirada de Bergman no caben redenciones posmodernas. Estamos obligados a mirarnos cara a cara. Por eso quizá la obra más bergmaniana de Allen sea si acaso Otra mujer.
Etiquetas: Ingmar Bergman